Primero, me considero apolítico al máximo porcentaje posible debido a la mezcla de mi propia recolección de filosofías, y las aledañas que se nos pegan, así sean rechazadas y embodegadas en una célula cerebral inservible.
Las elecciones las considero como norma impositiva de las clases gobernantes bajo demasiadas formas que se imposibilita no considerar a los candidatos bajo una lupa poco común y reacia al convencimiento de que son fórmulas de mejoramiento de la sociedad como humanidad.
Tres de las organizaciones del pensamiento, judicial, religioso y político, terminan enfocándose en un solo punto: revelación de la criminalidad humana definida por sus comportamientos contagiosos y putrefactos.
Las numerosas opciones de votación, aunque sean en blanco, están claramente encaminadas a formaciones políticas que aún se definen bajo un diccionario propio; el legal en Colombia incluye también una que las identifica como asociación para delinquir; y eso es lo que hacen estos políticos, asociarse para repartirse los erarios de Colombia o de cualquier país, de cualquier forma posible.
He votado tres veces en mi vida. La primera en Estados Unidos por Ronald Reagan, por motivos personales. La segunda, por Álvaro Uribe, porque le creí su demagogia. Y la última vez, por Barack Obama, solo porque era negro. Alguna vez dije que había votado por Hillary Clinton porque era mujer, pero mentí.
Nunca más he votado ni lo haría nunca. Eso de que el voto es un privilegio, debiera ser entendido como “El voto es un privilegio para los pendejos” que se dejan influenciar con pancartas baratas y vacías.
No voy a extender mi definición de las clases sociales al mundo entero – a lo mejor no me equivoco—, solo a las dos culturas a las que he estado expuesto: estadounidense y colombiana. EL ímpetu de pertenecer a una clase social superior a la de quien tenemos enfrente, es una enfermedad social que contamina el evolucionismo humano.
Es cierto, como especie, necesitamos una formación de comportamientos. Pero cuando la corrupción toma posesión, interponiéndose primordialmente en los propios beneficios, el conocimiento moral, religioso y ético se desploma como base de desarrollo para convertirse en arma de convencimiento y explotación, reduciendo a lo mínimo las defensas para terminar en el conflicto original de los seres humanos entre un dios y un satanás.

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